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La seguridad de amarnos a nosotros mismos (solo a nosotros mismos)



Dicen que uno y uno suman más que dos. Pero el ego, que siempre se siente unidad indivisible e ilusoriamente independiente (o independentista) siempre parcela la vida en estragos, en islas, en territorios psicológicos de difícil acceso. En la soledad y el aislamiento normalmente nos reencontramos con nuestra parcela de confianza, un lugar donde nada ni nadie podrá demoler los pilares de lo que somos, o mejor dicho, de lo que creemos ser, rechazando con ello la oportunidad de cambio, aprendizaje y transformación que el otro y la suma de los dos nos ofrece. La seguridad y la supervivencia del ego dependerá de su protección.

Si hubiéramos vivido durante casi toda una vida en una isla desierta y de repente un ser bello, inteligente y culto apareciera náufrago procedente de otra isla desierta, seguramente podrían pasar tres cosas. La primera es que naciera la ilusión de una alianza humana, cuyas raíces siempre se ramifican en eso que llamamos primero atracción (esa ley siempre aparece cuando más se necesita) y luego, muy vagamente, en eso que damos por llamar amor, aunque lo primero no tiene porqué desembocar necesariamente en lo segundo.
La segunda posibilidad es que naciera la desconfianza. ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿A qué has venido? Todo aquello que perturba nuestra paz tiene sentido de convertirse en una amenaza. Y a veces tendemos a confundir paz con seguridad, porque todos hemos delimitado con fuertes y protectores linderos bien definidos hasta donde somos capaces de arriesgar con tal de no derrumbar nuestras columnas y certezas. La parte interesante de todo esto es que lo aparentemente verdadero, lo que alguna vez nos dará la pretendida paz, es cuando demolemos esa seguridad y esa norma vital. Ya lo dice el viejo adagio: lo único que permanece es el cambio, y si navegamos largamente en nuestro propio circunloquio, perecemos.
La tercera posibilidad sería que uno de ellos buceara en la primera premisa y el otro en la segunda. Entonces no habría intercambio, ni diálogo posible, ya que ambos andarían cada cual en sus respectivas historias, sin coincidir en las derivas del lenguaje. Sin comunicación no hay relación, y por lo tanto, los náufragos seguirían siéndolo aun compartiendo la misma isla.
La extrañeza de toda esta historia viene precisamente de la situación de náufrago. Náufrago de la sociedad, por llamarlo de alguna forma, aunque también podría traducirse como hereje, loco o simplemente anormal o asocial. Pero ahí están las islas y ahí están los náufragos, mirándose a veces con complicidad y otras con auténtica desconfianza. Y el problema siempre es el mismo: el síndrome de Estocolmo con la isla que nos ha secuestrado. Porque nuestro marco de seguridad –la isla- termina también convirtiéndose en nuestro marco de referencia y nuestro marco de protección. La norma, lo normal, será permanecer en ese lazo afectivo e intenso que hemos desarrollado con nuestra propia cárcel y aislamiento. Amamos nuestra soledad porque nos amamos a nosotros mismos y porque creemos que nosotros mismos somos nuestro “yo”, nuestra parcela, nuestra isla. Pero ese amor propio encierra los peligros de la ilusión, del separatismo, del vernos como unidades aisladas incapaces de abrazar al otro y fundirnos en el otro. ¿Quién puede realmente fundirse en el otro sino aquel que a base de ensayo y error ha contemplado la posibilidad de auto-inmolar su propio yo?

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