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Encuentro con Alejandro en Valencia: magia y realidad que se dan la mano por @_LuuisMigueel_


El lunes 1 de diciembre era la cuarta vez, tercera en un taller o cabaret místico que me encontraba con Jodorowsky. Todos estos encuentros, cuando uno se da al máximo, son sanadores en tanto que reveladores de lo que uno es. Mi objetivo en esta ocasión era claro: buscaba la bendición de Alejandro, en tanto que arquetipo paterno, para poder ejercer mi trabajo de terapeuta con el tarot y el árbol genealógico, principalmente. Aún más, si pudiera ser el elegido por la necesidad o el azar del espectáculo para que me realizara su particular limpia, según el método heredado de ancestrales tradiciones indígenas, mejor. Vi como lo hacía en el Cabaret Místico que celebró en Málaga en 2013 y quería que ese fuera mi regalo anticipado de Reyes. En cualquier caso, si no pudiera dirigirme a él durante el espectáculo, me acercaría y se lo pediría en secreto, mientras firma libros al final del evento, como tantas otras veces le vi hacer.
Pocas atmósferas están tan llenas de oxígeno, de energía, de intención y de pura atención como cualquier acontecimiento donde el artista chileno ejerza de maestro de ceremonias. Hombre de teatro, que respira experiencia sobre un escenario por cada poro de su piel, comienza a sacar conejos de su psicomágica chistera desde el primer momento que se presenta ante el público. Cada ejercicio que propone es un reto, un desafío a la mal fraguada identidad social que nos hacen arrastrar, tan lejos de nuestra verdadera esencia, cuya búsqueda entraña quizá el trabajo de gran parte de nuestras vidas, pero que, como velos que se van levantado en un cuanto uno de deja llevar por la batuta del hábil maestro, es fácil de atisbar en pleno trance colectivo. Ejercicios de liberación del nombre, de la nacionalidad, del sexo, de todo aquello que no somos y a lo que tan pegados estamos, uno tras otro, se van sucediendo entre breves e intensos momentos de charla pánica.
Mientras yo seguía teniendo bien presente mi intención en medio de la fiesta. "Dedícate a leer el tarot, puedes ya ir haciéndolo" me dijo Alejandro hace cerca de tres años, mientras me leía las cartas. "Elige una carta más, a ver qué nos dice. El carro: sin duda ve haciéndolo". Esa fue la carta que cerró una tirada que comenzó con El Juicio, El Arcano sin nombre y la Rueda de la Fortuna. "¿Te habla el Tarot?" Claro que me hablaba, y cada vez más claro desde hace 20 años. 
El espectáculo iba llegando a su fin, y parecía ser que no iba a tener la suerte, esta vez tampoco, de recibir la atención del maestro a través de su limpia. Fue bastante curioso, iba notando a la vez, que tampoco me era necesario, que si tenía que ir aprendiendo algo, era a bendecirme a mí mismo. Lo celebrado en aquel teatro, entre tantos hermanos de camino que nos habíamos juntado, era motivo más que suficiente para darme por satisfecho. 
Bajaba del escenario una enfermera a la que Jodorowsky abrazó la cabeza para hacerle sentir los latidos de su corazón, la base de la sanación, como dice, el contacto físico tan rechazado por la terapia oficial, cuando comenzó a explicar el origen de las limpias mexicanas y su importancia. "Como la última persona fue mujer,¿te importa subir a ti?" Mientras dirigía su mirada entre quienes estábamos en la primera fila y se centraba en el siguiente voluntario, así recibí su invitación, la que estaba esperando.
Jodorowsky es de esos personajes inmensos, que además se saben intensos, y cuando subí, justo a su lado todo mi guión mental se vino a bajo. Uno se imagina cómo reaccionaría, qué diría si tiene la oportunidad de interactuar con él...pero todo eso se derrumba. En realidad quien subió fue mi niño interior de 3 años de la mano de un padre ideal deseado. No hay discurso que valga, se opera desde otro nivel. Empezó su ritual de cortarme la negatividad con la mano en forma de cuchillo, a insuflarme energía con el puño cerrado y a acariciarme con su mano en forma de pluma para terminar peinándome el aura con los cinco dedos de la mano. Cerré los ojos desde un principio, escuchaba de lejos las risas del público según el iba explicando la limpia "Sin tocar los genitales". El tiempo se había detenido desde que fui recibido y pude ingresar en el recinto sagrado que el psicomago trazó con los dedos de su mano en el aire. Terminó, me puso a su lado cara al público y me dijo: "Ahora te daré dos deseos: ¿cuáles son?" Parte de mi guión preconcebido también se imaginó esta situación: Si subo al escenario, me realiza la limpia y me pide que formule dos deseos, pediré felicidad para mí y para los otros. No por ser premeditado era menos sincero, y eso fue lo que dije. El público acogió con calor lo que terminaba de decir, mientras Alejandro volvía a preguntarme cuál era el primero: "Felicidad", le dije. Sacó un nuevo conejo de su chistera, o mejor dijo lo introdujo en mi mano izquierda mientras parecía materializar lo impensable con un gesto de su mano. "¿Cuál era el segundo?". Le repetí que felicidad para todos, mientras me sonría y me decía que pidiera para mí, con un golpe suave y afectuoso sobre el hombro. "Pido ganarme completamente la vida con mi trabajo". Materializó de nuevo en el aire mi deseo para depositármelo en la mano, mientras bajaba también del éter y con otro gesto mágico dinero, que me guardó la parte derecha de mi pecho. Así, con dos preciosísimos regalos, me dirigía a mi asiento cuando, en una fracción de segundo, me di cuenta de que se había cumplido mi deseo no solo de subir, si no también de ser bendecido por la figura del padre para ejercer mi profesión. Seguramente el infinito Alejandro, sabiendo que me desviaba de lo esencial, me hizo reformular mi segundo deseo, más acorde con mi verdadera intención, la auténtica por la que quise que me realizara la limpia: la palmada en la espalda del padre que bendice lo que hago. Y que hasta en esa ocasión yo había vuelto a obviar.
Estoy seguro de que fue mágico: ese día Alejandro no iba a firmar libros al final del evento, con lo cual mi oportunidad de acercarme a él hubiera sido imposible de llevar a cabo. Mi intención se encontró con su atención. El arquetipo paterno me bendijo y me hizo recordar lo infinitos que todos somos.
Gracias.

Luis Miguel Andrés Llatas

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